domingo, 3 de febrero de 2013

Yo no estoy aquí para hacerte feliz.

¡Qué gran verdad! No sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos. Lo triste llega cuando ni siquiera al perderlo nos damos cuenta. Coincidimos diariamente con personas, no podemos alejarnos de la sociedad y aun así nos comportamos como si estuviésemos solos en el mundo. Acciones egoístas que no llegan más allá a una falsa felicidad instantánea y demasiado poco duradera como para que merezca la pena.
No, tranquilo, no tengo más que hacer, puedo esperar todo el tiempo que quieras. Arreglaré tu vida las veces que haga falta, es más, dejaré de vivir la mía solo por contemplarte. Un paso más adelante, un acto más, una soledad más. Conseguimos destacar por encima de otros solo cuando llamamos la atención y normalmente eso conlleva llevarse a alguien por delante. No pises el freno, solo acelera, alguien ya lo hará por ti.  No eres la princesa del cuento, nadie vendrá a rescatarte. ¿Para qué hacer algo sencillo cuando podemos hacer de nuestra vida un circo?. Procurando que la gente se vaya lo antes posible de nuestras vidas y suene un solo de violín en cada final. ¡Qué tragedia!

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