Todos estaban ahí, contemplando una urna. Estaban sentados
en el sofá: lo que alguna vez pareció cómodo ahora parecía que tenia clavos
pero no podían levantarse de ahí. Era una situación incómoda pero nadie sabia que decir para
remediarlo. Llevaban horas escuchando “no somos nadie”, “siempre se van los
mejores” y “te acompaño en el sentimiento” cuando sabían que la mayoría de esas
personas no sentían nada de aquello y habían ido por educación y respeto.
Habrían preferido que no hubiesen ido nadie y así poder haber acabado mucho
antes. Era infernal. ¿Y qué iban a hacer ahora? Quedaría precioso que fuese
como en las películas y tirasen sus cenizas en su sitio preferido pero ese
lugar no existía y la verdad que ponerlo encima del televisor no era su plan
ideal.
-¡Estoy harto!- exclamó Miguel.
Nadie sabia por qué había dicho eso aunque compartían el
sentimiento, en parte.
-Nadie ha dicho que sea fácil, pero podías poner algo de tu
parte porque para una vez que vienes…- Le reprochó Cristina.
-¡No te consiento que me hables así, no eres nadie!
-Soy más que tú; y tú hiciste que fuese así el día que
decidiste irte.
Miguel hacia veinte años que no aparecía, y ni contestaba a
las llamadas. Era el hermano del fallecido. Su vida siempre fue fácil, o por lo
menos lo parecía hasta que se marchó. Su hermano y él estaban muy unidos.
Vivian en la misma casa cuando él se fue y eso era algo que no podía perdonarle
Cristina. Ella era la mujer del señor Difunto. Fueron novios desde que se
conocieron, bueno, primero se conocieron, luego fueron amigos, después novios y
al final se casaron. Miguel y Cristina
compartían el mismo grupo de amigos y siempre hubo la sospecha de que él se
había enamorado de ella pero ninguno de los dos habló de ello.
-Os parece el mejor momento para discutir, ¿verdad? No
podéis dejar vuestro ego a un lado ni por un segundo.
Quién hablaba era Sara, hija de Cristina y el señor Difunto.
Siempre estuvo muy pegada a su padre, tanto que antes de saber de la existencia
de Miguel ya le odiaba aunque a su padre nunca le gustó. No culpaba a su
hermano, ni estaba enfadado o disgustado, en el fondo, lo entendía. Él sabía
por qué se había ido aunque nunca lo había contado y era algo que le
reprochaban.
Sara era la más joven de la sala, pero muy madura para su
edad. Era callada, pero cada vez que hablaba daba una lección a alguien. No
había hablado desde que aquel teléfono sonó dando la terrible noticia. Y en el
fondo hizo bien, porque los pocos amigos que tenía le hubiesen dejado de hablar
solo con acercarse a ella. Pero la conocían bien y no se lo hubiesen
tenido en cuenta, y ella a ellos tampoco. Ella a veces tampoco se soportaba, una
gran mayoría de las veces. Su padre era el único que siempre tenía una sonrisa
para ella y era algo que le dolía. No podía soportar que su hija fuese un alma
solitaria, y su hija no podía soportar haber perdido al único apoyo que tenia
en esa casa.
-No deberías de hablar así, y menos a tu familia.-Cristina
estaba a punto de echarse a llorar. Tenía que aguantar a Miguel dándole ordenes
como si ella no hubiese estado 20 años cuidando de esa casa sin él, y su hija
no hacia más que culparle de la muerte de su marido.
-No discutáis… por favor.- Una voz del fondo del salón
susurró esas palabras. Era Carlos, el otro hijo de Cristina y el señor Difunto.
Si Sara estaba pegada a su padre, Carlos le daba mil vueltas. Al marcharse
Miguel, al señor Difunto siempre le falto un respaldo masculino y Carlos fue
como una bendición. Antes de que Carlos tuviese que pedir ayuda ya estaba su
padre para ayudarle y esto nunca puso celosa a Sara, pues era un padre perfecto
para ambos.
El señor Difunto era buen padre, buen esposo, buen hermano,
buen amigo… nadie sabía como podía haber muerto tan joven. Tenía 45 años aunque
siempre aparentaba menos. Era una belleza especial, cautivaba la mirada y sabía
como tratar a las personas. Pero murió. Ese era el pensamiento de cada persona
de ese salón: murió. Era como era, y nunca
ninguno de ellos le dio las gracias por ello. Todos se sentían culpables
pero también culpaban al vecino, algo injusto pero necesario. Lo que nadie se
imaginaba era que Miguel era quien mas se arrepentía, mas culpable se sentía y
no culpaba a nadie. Aunque su actitud no era lo que decía, pero que iba a
hacer, todos ahí le odiaban y había ido para celebrar su cumpleaños; y vaya
regalo.
-Todos estamos igual, así que, por favor, callad ya. Él no
hubiese querido que nos estuviésemos gritando, y menos estando él delante. Yo…
lo siento, pero… quiero irme.- Carlos se levantó y se dirigió a la terraza. Era
un día precioso de primavera, con temperatura mimosa y un sol que era de
agradecer. Ese día había quedado con su padre en ir a la montaña. Un plan
perfecto para contarle sus planes de futuro que ahora ya no podría realizar. Su
padre siempre le habría apoyado pero no podía permitirse irse a estudiar fuera,
era demasiado caro, y no había heredado una millonada precisamente.
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