viernes, 29 de junio de 2012

Capitulo 1: El señor Difunto.


Todos estaban ahí, contemplando una urna. Estaban sentados en el sofá: lo que alguna vez pareció cómodo ahora parecía que tenia clavos pero no podían levantarse de ahí. Era una situación  incómoda pero nadie sabia que decir para remediarlo. Llevaban horas escuchando “no somos nadie”, “siempre se van los mejores” y “te acompaño en el sentimiento” cuando sabían que la mayoría de esas personas no sentían nada de aquello y habían ido por educación y respeto. Habrían preferido que no hubiesen ido nadie y así poder haber acabado mucho antes. Era infernal. ¿Y qué iban a hacer ahora? Quedaría precioso que fuese como en las películas y tirasen sus cenizas en su sitio preferido pero ese lugar no existía y la verdad que ponerlo encima del televisor no era su plan ideal.
-¡Estoy harto!- exclamó Miguel.
Nadie sabia por qué había dicho eso aunque compartían el sentimiento, en parte.
-Nadie ha dicho que sea fácil, pero podías poner algo de tu parte porque para una vez que vienes…- Le reprochó Cristina.
-¡No te consiento que me hables así, no eres nadie!
-Soy más que tú; y tú hiciste que fuese así el día que decidiste irte.
Miguel hacia veinte años que no aparecía, y ni contestaba a las llamadas. Era el hermano del fallecido. Su vida siempre fue fácil, o por lo menos lo parecía hasta que se marchó. Su hermano y él estaban muy unidos. Vivian en la misma casa cuando él se fue y eso era algo que no podía perdonarle Cristina. Ella era la mujer del señor Difunto. Fueron novios desde que se conocieron, bueno, primero se conocieron, luego fueron amigos, después novios y al final se casaron.  Miguel y Cristina compartían el mismo grupo de amigos y siempre hubo la sospecha de que él se había enamorado de ella pero ninguno de los dos habló de ello.
-Os parece el mejor momento para discutir, ¿verdad? No podéis dejar vuestro ego a un lado ni por un segundo.
Quién hablaba era Sara, hija de Cristina y el señor Difunto. Siempre estuvo muy pegada a su padre, tanto que antes de saber de la existencia de Miguel ya le odiaba aunque a su padre nunca le gustó. No culpaba a su hermano, ni estaba enfadado o disgustado, en el fondo, lo entendía. Él sabía por qué se había ido aunque nunca lo había contado y era algo que le reprochaban.
Sara era la más joven de la sala, pero muy madura para su edad. Era callada, pero cada vez que hablaba daba una lección a alguien. No había hablado desde que aquel teléfono sonó dando la terrible noticia. Y en el fondo hizo bien, porque los pocos amigos que tenía le hubiesen dejado de hablar solo con acercarse a ella. Pero la conocían bien y no se lo hubiesen tenido en cuenta, y ella a ellos tampoco. Ella a veces tampoco se soportaba, una gran mayoría de las veces. Su padre era el único que siempre tenía una sonrisa para ella y era algo que le dolía. No podía soportar que su hija fuese un alma solitaria, y su hija no podía soportar haber perdido al único apoyo que tenia en esa casa.
-No deberías de hablar así, y menos a tu familia.-Cristina estaba a punto de echarse a llorar. Tenía que aguantar a Miguel dándole ordenes como si ella no hubiese estado 20 años cuidando de esa casa sin él, y su hija no hacia más que culparle de la muerte de su marido.
-No discutáis… por favor.- Una voz del fondo del salón susurró esas palabras. Era Carlos, el otro hijo de Cristina y el señor Difunto. Si Sara estaba pegada a su padre, Carlos le daba mil vueltas. Al marcharse Miguel, al señor Difunto siempre le falto un respaldo masculino y Carlos fue como una bendición. Antes de que Carlos tuviese que pedir ayuda ya estaba su padre para ayudarle y esto nunca puso celosa a Sara, pues era un padre perfecto para ambos.
El señor Difunto era buen padre, buen esposo, buen hermano, buen amigo… nadie sabía como podía haber muerto tan joven. Tenía 45 años aunque siempre aparentaba menos. Era una belleza especial, cautivaba la mirada y sabía como tratar a las personas. Pero murió. Ese era el pensamiento de cada persona de ese salón: murió. Era como era, y nunca  ninguno de ellos le dio las gracias por ello. Todos se sentían culpables pero también culpaban al vecino, algo injusto pero necesario. Lo que nadie se imaginaba era que Miguel era quien mas se arrepentía, mas culpable se sentía y no culpaba a nadie. Aunque su actitud no era lo que decía, pero que iba a hacer, todos ahí le odiaban y había ido para celebrar su cumpleaños; y vaya regalo.
-Todos estamos igual, así que, por favor, callad ya. Él no hubiese querido que nos estuviésemos gritando, y menos estando él delante. Yo… lo siento, pero… quiero irme.- Carlos se levantó y se dirigió a la terraza. Era un día precioso de primavera, con temperatura mimosa y un sol que era de agradecer. Ese día había quedado con su padre en ir a la montaña. Un plan perfecto para contarle sus planes de futuro que ahora ya no podría realizar. Su padre siempre le habría apoyado pero no podía permitirse irse a estudiar fuera, era demasiado caro, y no había heredado una millonada precisamente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario