Sara fue a buscarle.
-Vuelve, por favor. Sabes que te necesito, aunque sea solo
en físico; pero si empiezas a sentirte culpable no conseguirás superarlo nunca
y eso te arruinará por dentro… y también a mi.
-¿Cómo haces siempre para hacerme sonreir? Aunque papá se
preocupaba por nosotros nunca nos hemos separado, y me alegro por ello.
Sara le cogió de la mano y le condujo hacia el salón de
nuevo. Y como si no se hubiesen ido, todo seguía igual. Todos sentados mirando
al centro, a esa urna.
-Quiero contaros algo. Algo que nadie querrá escuchar y que
no os parecerá el mejor momento para hacerlo pero mañana es mi cumpleaños y no
quiero que estemos así. Tampoco pido olvidarlo pero es algo difícil, y sí, para
mi también. Todos pensáis que no quería a mi hermano, y que le abandone sin
pensar en él. Pero os equivocáis, le quise y le quiero, y nunca se lo dije. Por
eso os lo digo a vosotros, a su familia, algo que yo no tuve, puede que por
egoísmo pero…
-¡Cállate!- Nadie se esperaba que Cristina cortase así a
Miguel. Todos estaban expectantes a que iba a decir quién.- ¿Crees que puedes
llegar aquí después de veinte años y decir que le querías? Ni una carta, ni una
llamada… nada. Y ahora vas como el pobre hermano que sufrió tanto, viniendo a
celebrar tu cumpleaños como si nada hubiese pasado. Aquí no necesitamos
victimas, gracias.
Todos tenían los ojos como platos. Nunca la habían visto así.
Ella era tranquila, nunca había gritado a sus hijos por muy mal que se hubiesen
portado. Y sabían, que si había gritado, todo iba a ir peor.
-No hables de lo que no sabes.
-¿Qué no sé? ¿El motivo por el cuál te fuiste? No, no lo sé,
pero no será porque nunca lo haya preguntado.
-No creo que la verdad te interese.- Miguel cada vez estaba
más enfadado, pero sabía que solo podía pagarlo consigo mismo. Él era el
problema.
Cristina no aguantó más y lloró. Lloró como una niña. Sus
hijos la odiaban. Miguel la odiaba. Su marido estaba metido dentro de una urna.
Había estado recibiendo llamadas de pésame durante todo el día, parecía que la
gente se lo quería recordar a cada segundo. Necesitaba a su marido, él sabía
como consolarla, como ayudarla a salir a flote y, sin embargo, ahora tendría
que aprender. A sus 42 años tendría que aprender a valerse por si misma y
defenderse de todo aquello que durante años le atacaba pero el escudo de su
marido ocultaba.
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