Sonó el teléfono. Eso interrumpió todos los pensamientos
pero nadie hizo ademán de responder. Sin embargo, Cristina ya no tenia nada que
perder: si eran malas noticias se reuniría con su marido en menos que cantaba
un gallo; y si eran buenas, pues… algo se le ocurriría.
-Sí, dígame. ¡Ah! Hola, ¿qué tal?
Después de esa pregunta no volvió a mencionar palabra, es
más, ni para despedirse. A los cinco minutos colgó y se sentó. En su rostro
parecía que nada había ocurrido, que seguía en sus pensamientos sobre Miguel y
que la llamada había sido producto de la imaginación del resto. Pero, de
repente, sin ton ni son, Cristina empezó a reir. Pero reía no como un chiste
que te cuenta un compañero, que puede que sea algo gracioso pero la risa
incrementa solo para no ofender, sino que reía como si hubiese visto a un perro
vestido con tutú y bailando rock and roll. Era demasiado raro para el resto.
-¿Mamá?- Carlos cada vez estaba más impresionado con la familia
que le había tocado. Y sabía, que a la larga, eso le traería demasiadas visitas
al psicólogo.
-Hijo, si te digo la verdad, llevo demasiado tiempo
llorando, ahora solo me queda esto.
Carlos quería entenderla pero era incapaz. Era cierto que no
se podían pasar la vida llorando pero había unos limites. ¿Una semana de luto?
Aun así Cristina seguía con una sonrisa en la cara y el resto sin responder a
Miguel y sin saber quien había hecho tan extraña llamada.
-Pues a la siguiente respondo yo.- Gritó Sara como si le
fuese la vida en ello.
Y ahí si que si. Todos rieron, a carcajada limpia, y se
notaba complicidad. Algo que llevaban añorando mucho tiempo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario