No tenía otra cosa que hacer. Llevaba horas sentada en el sofá mirando la pantalla del móvil, iluminándola cada poco y viendo que no cambiaba. Solo quería una llamada, un mensaje, una señal de vida pero nada llegaba. Y la tortura de la espera se acabo convirtiendo en simple rutina. El sentimiento iba desapareciendo y no tenía intención de volver. Se levantó, tiró el móvil al sofá, se vistió, abrió la puerta y se fue.
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