miércoles, 23 de enero de 2013

Que no acabe nunca.

Sus caricias eran diferentes. Eran suaves, delicadas, daban escalofríos en cada movimiento. Sabía como tocar, como hacer que cualquier pensamiento desapareciese. Se acercó hasta mi, me cogió de la mano y me llevó hasta su habitación. Me sentó en su cama y me pidió que cerrase los ojos. En cuestión de segundos lo comprendí todo, comprendí su delicadeza y más que comprenderla, me enamoré de ella. Un sonido envolvía toda la habitación, aquel sonido que parecía inventado para él. Abrí los ojos y le ví en el otro lado del cuarto, era aun más magnifico.
-Por favor, haz que el tiempo se pare.

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